A menudo creemos que el resentimiento crea distancia entre nosotros y la persona que nos hirió. En realidad, puede mantenernos profundamente conectados a ella.
El incidente puede haber terminado hace mucho tiempo, pero nuestra mente lo revive constantemente. Recordamos sus palabras, imaginamos conversaciones diferentes, esperamos una disculpa o anhelamos que la vida les haga comprender el dolor que causaron. Puede que la persona ya no esté presente, pero sigue ocupando nuestros pensamientos.
Por lo tanto, el resentimiento no es liberarse de alguien. Es una relación interna continua con esa persona.
Superar el resentimiento no significa negar lo sucedido. No significa justificar el comportamiento dañino, volver a confiar en la persona ni permitirle regresar a nuestra vida. La comprensión espiritual jamás debe usarse para excusar la deshonestidad, la crueldad, la manipulación o el abuso.
Podemos reconocer que cada persona es un ser con sus propios hábitos, debilidades y patrones emocionales, sin dejar de responsabilizarla por sus decisiones. Podemos ver el alma sin ignorar su comportamiento. Podemos comprender sin excusar. Podemos perdonar sin reconciliarnos.
La visión pura no es una visión ingenua.
El resentimiento suele ocultar una exigencia: que se disculpen, admitan sus actos, sientan culpa o afronten las consecuencias antes de que podamos encontrar la paz. Esto pone nuestra sanación en manos de la misma persona que nos ofendió. Su nivel de comprensión comienza a determinar nuestro estado mental.
La libertad comienza cuando retiramos esa exigencia en silencio.

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