Además de la intención, existe un segundo factor clave que influye en el karma: la conciencia desde la cual realizamos una acción. En otras palabras, ¿quién creo que soy en ese momento? No actuamos igual cuando nos identificamos solo con un rol —madre, padre, jefe, empleado— que cuando recordamos nuestra identidad esencial como ser espiritual. La conciencia con la que actuamos cambia la energía de la acción, aunque externamente parezca idéntica. Una persona con autoridad puede decir algo y generar un gran impacto; otra puede decir lo mismo sin producir ningún efecto. Lo que marca la diferencia no son solo las palabras, sino la conciencia que las sostiene. Cuando actuamos desde una conciencia limitada, reactiva o basada en el ego, nuestras acciones suelen generar conflicto o desgaste. En cambio, cuando actuamos desde una conciencia estable, clara y respetuosa, la misma acción se vuelve constructiva. Por ejemplo, tratar a los hijos como empleados o a los empleados como hijos genera ...
Si el karma es acción, la intención es su alma. Dos personas pueden realizar exactamente la misma acción y, aun así, generar resultados completamente distintos. ¿La diferencia? La intención con la que actúan. La intención es el motivo interno que impulsa lo que hacemos. No siempre es visible para los demás, pero tiene un impacto profundo en la energía que se genera. Por ejemplo, ayudar a alguien puede surgir del deseo genuino de servir o de la necesidad de reconocimiento. Externamente la acción es la misma, pero internamente el efecto es muy diferente. Muchas de nuestras acciones diarias son automáticas: respirar, caminar, hablar, responder mensajes. En estos casos, la intención suele ser neutra. Sin embargo, cuando hay una carga emocional —enojo, miedo, amor, compasión— la intención comienza a influir directamente en el karma que generamos. Tomar conciencia de la intención no significa juzgarnos, sino observarnos. Preguntarnos: ¿desde dónde estoy actuando? transforma la calidad d...