La felicidad es la satisfacción del yo cuando conozco mi verdadero valor interior y no tomo nada de nadie. La auténtica felicidad no está condicionada por nadie ni depende de ninguna otra persona, hecho o circunstancia. La felicidad surge naturalmente de dentro, cuando el yo está libre de necesidad y deseo, cuando el yo deja de intentar adquirir y acumular, y se ha dado cuenta de que es todo lo que puede ser y que no falta nada. Surge naturalmente cuando mi energía, que soy yo, se entrega sin condiciones. Solo cuando desaparece todo deseo y dependencia, solo cuando dejas de agarrarte y apegarte, puedes estar satisfechamente feliz. Cuando caemos en la trampa de hacer de cosas externas, materiales, físicas, nuestra fuente de amor y felicidad, empezamos a depender de las sensaciones que aquellas producen. Nos convertimos en buscadores de sensaciones. Todo parte de la primera identificación equivocada, del primer apego, de la primera dependencia, que es la identificación con nuestro cuerpo...
Cuando decidimos que la calma, la serenidad, la armonía y la calidad de vida son fines esenciales para nosotros, no es exagerado decir que vamos a tener que nadar contracorriente. Es evidente que todo lo que gira a nuestro alrededor nos invita a dejarnos atraer por un sofisticado y fascinante abanico de posibilidades y, por tanto, encontrar el punto de equilibrio no parece, a priori, algo fácil. Sin embargo, progresaremos cuando nos convenzamos de la importancia de simplificar y de la necesidad de volver a experimentar un estilo de vida más sencillo. Para preservar la calma, una de las condiciones que nuestra mente requiere es reducir la velocidad, crear espacio, desacelerar, poner un freno. Parar y preguntarnos si realmente necesitamos toda esta parafernalia. Y volver a cultivar el precioso regalo de la sencillez. Recuperar el valor de una conversación serena y tranquila, con aquellas personas con las que sintonizamos y compartimos valores e ilusiones. Saber poner los...