Cuando hablas contigo mismo en tu mente, ¿a qué yo te diriges? ¿Y cómo? Normalmente, la gente no habla con su divinidad, sino con los aspectos más superficiales de su personalidad cotidiana. Y a menudo es un torrente de miedos, quejas y repeticiones sin sentido de cosas viejas. Si habláramos así con otra persona, tendríamos que disculparnos. Aprender a hablarle bien a uno mismo es un ejercicio espiritual. Los pensamientos del pasado y las preocupaciones por el futuro no propician una buena conversación. En cambio, aprende a hablarle a tu mente como si fuera un niño. Háblale con amor. Si obligas a un niño a sentarse, no lo hará. Una buena madre sabe cómo motivar a su hijo para que haga lo que ella quiere. Cuida bien de tu mente, enséñale pensamientos positivos para que, cuando le pidas que se siente, lo haga.
Regresa a tu paz original. No necesitas buscar la paz; ya está dentro de ti. La paz es tu estado original. Las circunstancias de la vida pueden intentar alejarte de tu calma interior, pero solo si tú lo permites. Incluso tus sentimientos, como el cansancio o el estrés, pueden nublar tu paz y provocar irritabilidad. Lo importante es mantener el control de ti mismo. Dirige suavemente tu atención hacia tu interior. Visualiza tu verdadero ser: un punto de luz radiante, como una estrella, en el centro de tu frente. Esta es tu alma, distinta del cuerpo que habitas. Cuanto más practiques esta consciencia, aunque sea solo por unos instantes al día, más fácilmente volverás a tu estado natural de paz. El cansancio se desvanece. La irritación desaparece. Y tus acciones se llenan de un amor sereno, tanto hacia ti mismo como hacia quienes te rodean.