Una forma sencilla de comprender el karma es verlo como una semilla. Cada acción, pensamiento o intención que generamos es una semilla que cae en el suelo de nuestra vida. Tarde o temprano, esa semilla dará fruto.
Algunas semillas germinan rápido; otras tardan años. A veces no relacionamos el fruto con la semilla original, y por eso creemos que las cosas “simplemente suceden”. Sin embargo, la ley del karma actúa con precisión, aunque no siempre de forma inmediata.
Cuando sembramos con amor, respeto y buena intención, los frutos suelen ser armoniosos. Cuando sembramos desde el enojo, el miedo o la indiferencia, el resultado suele ser conflicto o insatisfacción. No como castigo, sino como aprendizaje.
Lo interesante es que siempre estamos sembrando, incluso sin darnos cuenta. Por eso, desarrollar conciencia es fundamental. No se trata de controlar obsesivamente cada acción, sino de actuar desde un estado interno más claro y estable.
Así como una sola fruta puede contener muchas semillas, una sola acción consciente puede multiplicar el bien. Del mismo modo, una acción negativa puede generar una cadena de efectos si no se detiene a tiempo.
Elegir bien qué sembrar hoy es una forma de cuidar el mañana.
Parte 8: 28.02

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