En la tradición espiritual de la India existe un concepto íntimamente ligado al karma: el dharma. Mientras el karma se refiere a la acción y sus efectos, el dharma señala la recta acción, aquella que está alineada con nuestro propósito y valores más elevados.
Cada persona tiene un dharma particular. El dharma de un médico es cuidar y sanar; el de un maestro, educar; el de un padre o una madre, proteger y guiar. Cuando actuamos de acuerdo con nuestro dharma, el karma que generamos es naturalmente positivo.
El problema surge cuando nos alejamos de ese propósito. Por ejemplo, si alguien utiliza su posición de poder para beneficio personal, aunque externamente cumpla un rol, internamente se genera un conflicto que afecta sus acciones y consecuencias.
Vivir el dharma no significa perfección, sino coherencia. Implica preguntarnos: ¿esto que hago está alineado con lo mejor de mí? Cuando la respuesta es sí, la acción se vuelve ligera, clara y constructiva.
Desde esta perspectiva, el karma deja de ser una carga y se transforma en un camino de aprendizaje. Actuar desde el dharma nos permite contribuir al bienestar propio y colectivo, y construir una vida con mayor sentido y estabilidad.
Parte 7 : 27.02

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