Por Ken O´Donnell
El otro día puse a hervir agua para hacer un té de hierbas, pero me distraje con otra cosa y lo olvidé. Cuando finalmente regresé a la cocina, el agua estaba fría, demasiado fría para hacer nada; había vuelto por sí sola a la temperatura ambiente.
Cuando el agua estaba hirviendo, no podía ni tocarla sin
quemarme, pero a unos 20 grados centígrados se volvió naturalmente agradable
para beber.
Esto es exactamente lo que ocurre dentro de mí. La forma en
que interactúo con las situaciones y las personas puede calentar mis
pensamientos, mis palabras y mis acciones, incluso hasta el punto de hacerme
daño a mí mismo o a otros.
Pero si permanezco en mi estado natural, tranquilo y ligero,
siempre puedo permitirme enfriarme de nuevo. La “temperatura ambiente” del ser
es mi estado natural de paz, así que solo tengo que dejar que suceda.
En su estado natural, el agua es limpia y transparente. Pero
si le agrego un poco de tierra, se vuelve sucia; y si sigo agregando tierra, se
convierte en barro.
La mente, en su estado natural, es limpia y pacífica. Y hay
dos cosas que hacen que cambie: permito que la “tierra” de las situaciones
externas y las relaciones entre en mí, y luego sigo mezclando y removiendo esa
suciedad, hasta el punto de que ya no puedo pensar con claridad sobre nada.
Solo tengo que recordar que incluso en el barro, el agua
limpia sigue estando ahí. La tierra no forma parte de su estado original; es
algo tomado prestado del mundo exterior.
Esto es muy, muy importante de entender.
En la meditación, simplemente me permito regresar a mi
estado original de paz. Y si hay barro, dejo que se asiente… y entonces puedo
separarme suavemente de él.
Hoy 22 de marzo, celebremos el Día Mundial del Agua.


Comentarios
Publicar un comentario