Mi perspectiva, visión, actitud y relación con la vida pueden impactar la naturaleza, que en realidad es un reflejo del amor propio y del respeto por uno mismo.
En cada momento tengo la opción de construir, crear o, por el contrario, destruir.
Aunque pueda encontrar momentos difíciles, cometer errores o seguir voces internas negativas, tengo la responsabilidad y el deber de decidir: alimentarlas y cargarme de peso, o liberarlas permitiendo un cambio beneficioso que me haga ganar en sabiduría y en libertad.
Cada día es un nuevo camino, una nueva oportunidad para creer en nosotros mismos y en lo divino, y así construir una vida y un mundo mejores.
Al llegar el momento de darme cuenta, puedo detenerme y transformar las situaciones adversas en logros elevados y positivos.
Recordemos siempre que estamos rodeados de abundancia y que la clave está en la gratitud.
El estado elevado de la conciencia de uno mismo genera una conciencia colectiva igualmente elevada.
Cuando me pregunto hasta qué punto puedo abrir mi corazón y mi visión, comprendo que nunca es demasiado tarde para atraer novedad a nuestro mundo, para cultivar una nueva perspectiva.
Al cuidar de todo tipo de seres vivos y de mí mismo, lejos de cualquier distinción, juicio o baja frecuencia, se produce un impacto positivo inmenso.
Las vibraciones de la Madre Tierra se elevan y, en consecuencia, también las de sus invitados: nosotros, sus hijos.
Haz de cada día una ofrenda sagrada, del regalo más precioso que Dios nos ha dado: la naturaleza. Amémonos, respetémonos y cuidémonos a nosotros mismos, y a todo lo que nos rodea, en cualquier lugar y en cualquier momento.

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