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Pequeñas dosis de sabiduría para grandes momentos de insensatez. Semana 8

Por: Dora Lucy Guarín

Volver a mirar la casa y sus oficios varios, ha sido uno de los movimientos obligados de esta cuarentena, no sólo para los ojos sino también para los brazos, las manos, las piernas, la espalda y el cuello! Barrer disciplinadamente, trapear entusiasmada, limpiar las ventanas con alegría, lavar los baños a profundidad y cocinar con mucho amor, se han posicionado como el ejercicio ideal de estos tiempos, para mantener la salud física, mental y financiera de muchas familias, incluida la mía.


Con trabajo, tele-trabajo o sin trabajo, visitar la cocina es de aquellas tareas que más ejercicio permite: abrir un cajón, revisar  la nevera o comer algún antojo, definitivamente incrementan nuestras posibilidades de “pausas activas” en las que muchos músculos se activan, por ejemplo… los abdominales! Personalmente, los que más quise ejercitar, fueron los bíceps y el de mi conciencia elevada; y para ello, la cocina fue un excelente gimnasio-laboratorio.

Usando gorro, tapabocas, guantes y delantal, entré semanalmente a la cocina a desplegar todo mi entusiasmo, amor y creatividad para preparar algunas tortas para compartir. Pero eso sí, antes de poner las manos en la masa, preparaba mis pensamientos y sentimientos para sintonizarlos con la emisora del dulce silencio, aquella que me posicionaba en la dicha de saberme el ser de energía, la luz espiritual pura, pacífica y amorosa; y me alistaba para conducir este cuerpo a preparar una receta.

Luego, mientras mezclaba los ingredientes con esmero, en un ejercicio de ningún desperdicio y máximo rendimiento, le añadía el “toque secreto” de la dicha que burbujeaba en mi interior. Después, con concentración completa y el horno pre-calentado, mis buenos deseos y sentimientos puros sumados a la mezcla de la masa, crecieron exquisita y abundantemente. Pero antes de pensar siquiera en poner los dientes en la torta, siempre la pongo primero en un plato especial que llevo a la mesita del cuarto de meditación; ahí nuevamente posicionada en mi identidad espiritual, recuerdo a Dios, traigo Su energía a mi mente, a mi presente… Lo hago mi invitado especial y es El primero en probar la fragancia con la que preparo todo alimento! Además, cualquier sutil avaricia por la comida, o ego por las apreciaciones de quienes la prueban, queda disuelto en el deseo puro hecho realidad, de hacer a Dios mi Compañero permanente en la mesa, en la cocina, en la casa y sus oficios varios… mejor dicho, en mi vida! 

Así llegué al séptimo principio:

 

MI   DECÁLOGO  DE PAZ Y FELICIDAD

 

 

Realizo cada tarea manteniendo a Dios como mi Compañero permanente.

La compañía que mantienes te colorea. Yo elijo la mejor y más elevada de todas las compañías: la de Dios; porque mi meta es volverme la mejor versión de mi misma, un ser humano muy elevado, encantador, valioso, amoroso, donador de paz y felicidad para el mundo! Y esto sólo es posible si lleno cada actitud, pensamiento, palabra y acción de la energía de Dios: Él en mi mente y en mi corazón!

 

Dos ejercicios para practicar:

1


2. 

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