La verdadera sabiduría reside en la humildad, en reconocer los límites de los logros humanos y el propósito más profundo de la vida.
En mi vida, he conocido a personas que alcanzaron la cima de la gloria. Entre ellas, grandes eruditos con una memoria prodigiosa y un acervo de conocimientos casi enciclopédico; oradores que cautivaban a su público durante cinco o seis horas seguidas; generales que comandaron vastos ejércitos por todo el continente durante la Segunda Guerra Mundial; líderes políticos con un carisma especial que ejercían poder e influencia sobre cientos de millones de personas; actores y músicos que fascinaban a sus innumerables admiradores, de tal manera que multitudes se congregaban enseguida para verlos allá donde iban; predicadores religiosos que citaban con profusión y meticulosidad un amplio abanico de escrituras; filósofos cuyo pensamiento era profundo y cuya comprensión de su materia, muy profunda. Existían historiadores cuya visión abarcaba un vasto panorama del pasado, cuyas perspectivas eran penetrantes y sus ideas sobre el futuro, casi proféticas. En resumen, entre esta constelación de grandes hombres, había personas de una excelencia asombrosa y un mérito excepcional. Habían cosechado grandes éxitos y se habían labrado un lugar destacado.
Además de estos, había miles de otros que fueron figuras
imponentes en sus respectivos campos o disciplinas, a quienes no tuve la
oportunidad de conocer personalmente. Sin embargo, leí sobre algunos de ellos
en la literatura y las publicaciones periódicas de la época o escuché hablar de
ellos a través de mis amigos. Estos, y cientos y miles más, constituyen solo
una pequeña fracción del número total de hombres y mujeres de excelencia
durante el último medio siglo. Si considero a estas personas en el vasto panorama
mundial estos hombres actuaron o se inspiraron en una filosofía y las artes. El
número de grandes personalidades que conocí personalmente sería, sin duda,
insignificante.
Hombres de voluntad férrea, enorme capacidad y visión de futuro.
Cada una de las personas eminentes que tuve la oportunidad
de conocer me dejó una impresión diferente. (Esto también se aplica a quienes
leí en libros). Esto era natural, pues cada uno tenía su propia individualidad,
personalidad, rasgos y peculiaridades. También importaba a qué aspecto de la
personalidad del gran hombre prestaba atención, y esto, a su vez, dependía de
mi estado de ánimo al conocerlos o leer sobre otros.
Sin embargo, algo que me impresionó universalmente fue que
estos grandes hombres poseían un espíritu indomable, una voluntad férrea y una
gran capacidad de resistencia que les permitía superar la oposición y los
obstáculos. Llevaron a cabo sus esfuerzos con persistencia, perseverancia y una
perspicacia excepcional. Además, eran capaces de organizar los hechos y los
hallazgos de tal manera que arrojaran conclusiones útiles, o tenían la
habilidad de organizar a las personas y los recursos para alcanzar los objetivos
que se habían propuesto. Podían planificar con anticipación gracias a su aguda
visión de futuro.
Por: Sanjay - The World Renew
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