Los valores humanos, éticos y espirituales son los auténticos motivadores de nuestras conductas y elecciones. En particular los valores espirituales nos conectan con nuestra esencia más profunda y nos aportan invalorables recursos para afrontar los retos de la vida.
Las virtudes son la belleza de una persona; son lo que la hacen adorable y única; son el color, la forma, el perfil de su personalidad. Determinan la forma de hacer las cosas; su manera de moverse, de hablar, de vestir. Puede no tener dinero, pero, si tiene virtudes, siempre darả la impresion de riqueza porque todo lo que la rodea será de calidad.
Las virtudes brillan hacia el exterior y en todo: en el cuerpo, en el entorno, y en la esencia del universo; llenan lo que está vacio, sanan lo que está enfermo y calman lo que está intranquilo.
Pero, debajo de las virtudes, debe haber silencio, pues el silencio es el oro que realza las joyas y las protege de la dispersión y del desgaste. En el silencio, descubrimos cómo usar la riqueza, dónde invertirla e incluso cómo incrementar su valor.
Hay una historia acerca de una tierra que, cierta vez, fue habitada por hombres y mujeres que instintivamente sabían cómo convivir mejor unos con otros. Y la historia cuenta que su primer habitante era una mujer llamada Lakshmi (que significa Diosa de la Riqueza o de las Virtudes) y el segundo era un hombre, Narayan (aquel que alcanzó la perfección mediante el silencio del yoga)
Cuando el silencio de las virtudes caracterizan una relación entre dos personas, existe armonia. Cuando el silencio y las virtudes coexisten en una única persona, hay perfección. La perfección es posible, pues, de lo contrario, no existiria una palabra para ella
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