Por Peter Clark, Brisbane, Australia
Vivimos en un mundo que cambia rápidamente y está impulsado
por la tecnología, donde muchas personas creen que las adicciones —ya sea al
alcohol, al cigarrillo o a las drogas— ayudan a aliviar el estrés de la vida.
Yo también lo creí en su momento. Para muchos de nosotros, especialmente en las
sociedades occidentales, estos hábitos se convierten en formas normales de
afrontamiento. Pero lo que descubrí a través de mi propio recorrido es que este
alivio es extremadamente breve y, a menudo, genera más frustración que paz.
Llegué a la meditación Raj Yoga siendo joven. En ese
entonces, también era músico. En el mundo del rock, las drogas, el alcohol y la
música suelen ir de la mano. Muchos de nosotros buscábamos algo “fuera de este
mundo”, una experiencia más profunda. Intentábamos alcanzarla a través de la
música, el alcohol y las drogas.
Mis adicciones no eran lo que la gente llamaría extremas,
pero sí eran regulares e intensas. Bebía a diario, fumaba marihuana en grandes
cantidades y fumaba cigarrillos. Empecé a fumar alrededor de los quince años, a
beber poco después y a consumir marihuana un año más tarde. Aunque este período
no fue muy largo, me di cuenta de algo importante: no era feliz. En lo
profundo, sentía que, si continuaba por ese camino, no viviría mucho tiempo.
Antes de llegar a la meditación, dejé de fumar cigarrillos.
Curiosamente, sentí que fue el cigarrillo el que me dejó a mí, más que yo
dejarlo a él. Una noche apagué un cigarrillo, tiré medio paquete a la basura y,
de repente, sentí que tenía que hacer algo con mi vida.
Tan solo una semana antes, me había negado a una simple
solicitud de mis colegas —no fumar durante ocho horas en el trabajo— porque
creía que era imposible. Y, sin embargo, de pronto todo había terminado. Ese
momento desencadenó una profunda búsqueda interior. Empecé a buscar algo
diferente, algo con sentido.

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